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CUANDO LA TIERRA NOS RECORDÓ QUE SEGUIMOS SIENDO HABITANTES
Esta es una crónica que no busca competir con la noticia urgente. La noticia dice la magnitud de la tragedia, mientras que la crónica intenta contar qué se movió dentro de nosotros. A un mes de los dos sismos que cambiaron nuestras vidas, dejamos constancia de que en los peores momentos, lo único verdaderamente firme puede ser la mano de otro.

Por Rómulo Castro Cáceres

La tarde del miércoles 24 de junio me encontraba trabajando sobre un tema que, luego, sonaría casi irónico: crisis comunicacional. Había terminado de darle comida a mis dos perros, Thai y Coqui. Ya estaba sentado frente a la computadora, con la disciplina doméstica con la que uno intenta cerrar el día: responder pendientes, ordenar archivos, dejar la vida medianamente bajo control.

Afuera de mi apartamento del edificio Codazzi, en la avenida Agustín Codazzi de San Bernardino en Caracas, la ciudad seguía su rutina de mitad de semana. Dentro, nada anunciaba aún que unos segundos después el corazón del país iba a cambiar su ritmo.

LA PRIMERA SEÑAL NO VINO DEL PISO. VINO DEL TELÉFONO

Captura real de imagen generada por la alerta de sismos de Android

Mi smartphone Android emitió una alarma que nunca antes había escuchado. No era el sonido habitual de un mensaje, ni una llamada, ni una notificación de esas que uno elimina sin leer. Era otro tono: más seco, más urgente, más parecido a una orden. En la pantalla apareció una advertencia: “Información de seguridad sobre sismos. Mantente alerta. Sismo de 6.2 a 109 millas de distancia. 24 de junio de 2026, 6:04 pm. Fuente: Sistema de Alertas de sismos de Android”.

Al principio intenté entender las frases de alerta que saltaban de mi teléfono. Las leí con esa incredulidad de quien sabe lo que significan las palabras, pero todavía no acepta que estén ocurriendo en su propia sala. Quince segundos después, el apartamento empezó a bailar al ritmo de una especie de vals moderado.

Primero fue una vibración leve, casi una insinuación. Luego el movimiento adquirió cuerpo. Las lámparas de la sala y del comedor comenzaron a oscilar con una fuerza creciente. Un ruido entre metálico y terroso invadió el espacio. Las ventanas sonaron como si alguien las golpeara desde afuera. Thai y Coqui, que estaban recostados en sus camas de almohadón a mis pies, comenzaron a ladrar con una desesperación animal que no necesita explicación.

Los cuadros de las paredes comenzaron a caer. Las figuras de adorno se desprendieron de sus lugares. El tanque de reserva de agua de 500 litros se vació hasta la mitad a consecuencia del bamboleo, igual que el tanque de la poceta del baño. Las sillas y la mesa del comedor rodaron con una autonomía absurda, como si de pronto los objetos hubieran decidido escapar antes que nosotros. Y ahora, con cabeza fría entiendo la historia que contaba mamá sobre cómo bailaban las mesas en aquella boda a la que asistió el 29 de julio de 1967, cuando ocurrió el terremoto de Caracas de 6.5 grados.

Rápidamente cargué a los perros y me ubiqué bajo el marco de la puerta de mi cuarto, tratando de mantener la calma, no por valentía, sino por entrenamiento básico de supervivencia: en una crisis, el cuerpo quiere correr, pero la mente debe aprender a leer el espacio, calcular el tiempo, reconocer el peligro. Aun así, hubo un instante en el que comprendí que aquello no era un temblor más. Era otra cosa. Era la fuerza de la tierra entrando sin permiso en mi casa.

ENTONCES ESCUCHÉ LOS GRITOS DE LOS VECINOS EN LOS PASILLOS

Pensé que lo peor ya había pasado. El primer sismo, que se sentía eterno, parecía ceder. Me preparaba para salir, pero apenas unos pocos segundos después vino una nueva sacudida, más brutal, más despiadada, casi como un golpe que no avisa. No estoy seguro de haberlo sentido como dos terremotos separados. Más bien fue una continuidad rota por un cambio cruel de intensidad.

El segundo movimiento casi me tumba al piso con los perros en brazos. Me apoyé como pude en el marco de la puerta y, en esos segundos, la noción de estabilidad dejó de ser una idea física y se convirtió en una pregunta moral: ¿qué sostiene realmente una vida?

Conservo en mi mente una imagen que todavía vuelve con ansiedad: el espejo del aparador del comedor. Es un mueble de los años cincuenta, con un espejo enorme, de aproximadamente dos metros y medio de largo por un metro ochenta de alto. Siempre imaginé que ante un temblor fuerte, ese espejo podía desprenderse, caer al piso y estallar en fragmentos. Esa tarde lo vi estremecerse, bambolearse, resistir en el borde mismo de la amenaza. Pensé en los perros y en mí. Pensé en esa forma extraña en que uno mide el peligro, en el reflejo de un objeto antiguo. Como un milagro, el mueble aguantó la arremetida y fue estabilizando su oscilación.

Cuando el segundo sismo se detuvo, puse a Thai y Coqui sobre la cama y corrí a buscar sus collares y correas. Tomé la laptop de trabajo, mi smartphone, un radio y dos baterías externas. Me calcé los zapatos. Cargué un bolso y metí además bolígrafos, libretas y un radio de baterías, porque ni estas situaciones uno pierde el hábito de llevar registro de la noticia. Cargué nuevamente a los perros y salí del apartamento.

EL EDIFICIO ERA UNA GARGANTA LLENA DE VOCES

Los vecinos corrían hacia las escaleras. Algunos nos gritaban que saliéramos. Otros preguntaban por familiares. Vi a mi vecina Lisbeth, del apartamento 10, con sus hijos Katherine y Samuel, avanzando hacia la salida con la urgencia de quienes ya no se preguntan qué llevar, sino cómo llegar a la entrada. Había alarmas de carros, llantos, objetos cayendo, vidrios sonando, puertas abiertas, respiraciones cortadas.

Muchos salieron vestidos como estaban: ropa de casa, pantuflas, algunos sin camisa, esa indumentaria involuntaria con la que la tragedia te sorprende cuando no nos da tiempo de ponernos “presentables”. La mayoría nos agrupamos frente al edificio.

Era una tarde fresca y la temperatura bajaba rápidamente, como algo típico de esta zona alta de San Bernardino, muy próxima a la Cota Mil. No había olor a gas, polvo ni humo, pero sí algo más difícil de describir: una angustiante energía humana, una mezcla de susto, alivio, incredulidad y preguntas. La ciudad parecía haberse detenido para escucharse a sí misma.

Una vecina dijo que “sentía que el edificio se iba a caer”, como ocurrió con tantos inmuebles durante el terremoto del año 67. No era una frase cualquiera. Nuestro edificio tiene más de 70 años de construcción. De pronto, la edad de las paredes se volvió un dato íntimo. Vivir en un edificio antiguo que sobrevivió a un terremoto, es confiar todos los días en una memoria de concreto. Esa tarde, esa memoria fue puesta a prueba por segunda vez y con mayor fuerza.

Tan pronto la adrenalina empezó a bajar, como miembro de la Junta de Condominio, sentí la necesidad de acción. En compañía de otro vecino, recorrí los alrededores para verificar daños visibles. Revisamos armarios de gas, observamos paredes, caminamos el perímetro. No encontramos daños estructurales evidentes, más allá de algunas grietas en pintura y frisos. En el Codazzi tuvimos suerte: no hubo apagón, no fue necesario cerrar el suministro de gas, no aparecieron fugas de agua. En medio de una catástrofe nacional, esa comprobación tenía el tamaño de una bendición.

PERO NO HABÍA CÓMO COMUNICARSE…

Los celulares quedaron prácticamente inutilizados. Sin servicio telefónico ni internet, la angustia se volvió más pesada. No poder llamar a mi hermana Yurahy, que estaba en la urbanización El Paraíso y con quien no hablaba desde hacía dos días, fue una de las primeras formas personales de sentimiento de pánico.

Después vinieron otros nombres a mi mente: familiares, amigos, conocidos, gente que podía estar en Caracas, en La Guaira, en las zonas afectadas. Uno empieza queriendo saber si “los tuyos” están bien, pero en una tragedia de esta escala, el círculo de “los tuyos” se expande. De pronto, el país entero cabe en una sola preocupación.

Poco a poco empezaron a llegar los SMS vía celular y Yurahy pudo contactarme, con salud y con la buena noticia de que su edificio tampoco había sido afectado.

Más tarde, la radio empezó a llenar algunos vacíos. Con cada reporte entendíamos que lo ocurrido no era local ni fugaz. Los dos terremotos del 24 de junio sacudieron con dureza a Venezuela y habían dejado destrucción en distintos puntos del país, especialmente en varias zonas de Caracas y La Guaira.

Esa noche aprendimos otra cosa: el rumor también tiembla. En las primeras horas, la falta de información verificable abrió espacio a mensajes alarmistas, audios sin fuente verificable, datos imposibles de confirmar, advertencias exageradas, cadenas reenviadas con la mejor intención y el peor método.

En una emergencia, la noticia falsa “corre más rápido que la verdad, porque viaja sin equipaje”; es decir, porque no lleva contexto, no lleva evidencia, no lleva responsabilidad. Por eso, cuando pudimos restablecer algo de comunicación, creamos un grupo de WhatsApp llamado “Contingencia Codazzi”. La idea era sencilla: tener un canal para compartir información útil, expresar angustias, verificar datos y evitar que el miedo se organizara mejor que nosotros.

MI VOLUNTARIADO COMENZÓ ALLÍ, DESDE LO QUE SÉ HACER: COMUNICAR

No me tocó levantar escombros con una pala, pero sí me esforcé por levantar una barrera contra la desinformación. En los grupos vecinales de San Bernardino, mi tarea ha sido ayudar a validar datos, orientar sobre el uso responsable de los canales digitales, contener rumores, insistir en la importancia de verificar antes de reenviar.

En una tragedia, comunicar bien también salva. No siempre salva cuerpos de inmediato, pero puede salvar decisiones, rutas, recursos, donaciones, búsquedas, esperanzas. Puede impedir que una familia pierda tiempo siguiendo una información falsa. Puede ayudar a que una solicitud llegue a tiempo al lugar correcto y puede hacer que la angustia no se convierta en estampida.

Desde San Bernardino comenzaron a llegar testimonios duros: edificios derrumbados, familias buscando a los suyos, rescatistas trabajando sin descanso, necesidades de agua, alimentos, insumos, apoyo emocional.

En toda la urbanización, especialmente hacia las avenidas Los Próceres, Cajigal y la calle Paraíso, la tragedia dejó imágenes difíciles de ordenar. Ver hierros retorcidos y el concreto fragmentado de las estructuras en dos de los tres edificios colapsados en la zona, es algo que cuesta narrar sin que el lenguaje parezca insuficiente.

Pero junto a la destrucción también apareció otra escena de esperanza: jóvenes rescatistas venezolanos trabajando con constancia, vecinos colaborando, voluntarios acercando su ayuda, personas aplaudiendo cada avance, cada rescate, cada señal de vida.

CUANDO FALLA EL CÁLCULO INDIVIDUAL, APARECE EL INSTINTO DE COMUNIDAD

La crisis nos mostró una de las verdades más persistentes, lo vi en mi edificio. Como en todo condominio, existen diferencias, tensiones, desacuerdos, vecinos que no siempre se hablan. Pero aquella tarde el terror nos unió como especie. Las diferencias desaparecieron con una naturalidad casi primitiva. Nadie preguntó de qué lado estaba el otro ni qué discusión había quedado pendiente en la última asamblea. El miedo nos despojó de protocolos sociales y nos ubicó en lo esencial: protegernos, mirarnos, contarnos, esperar juntos.

También lo vi en el país. Estudiantes universitarios activados en centros de acopio. Profesionales de la salud mental ofreciendo apoyo solidario a personas afectadas y traumatizadas. Habitantes adultos mayores, como la señora Marta del apartamento 4, que con angustia me preguntaba cómo podía unirse para colaborar efectivamente con los damnificados y rescatistas.

Donaciones organizadas con rapidez. Ciudadanos usando sus redes no para figurar, sino para servir. En medio del dolor, esa movilización tuvo una respuesta moral. Como si Venezuela, tantas veces fracturada, hubiera recordado que todavía sabe juntarse alrededor de una urgencia común.

EL CUERPO SIGUE TEMBLANDO POR DENTRO MUCHO DESPUÉS DE QUE EL PISO SE QUEDA QUIETO

La madrugada del 25 de junio llegó con un silencio extraño. No era paz. Era agotamiento. Ese silencio apareció después de agradecer a Dios y al alma de mi madre por habernos cuidado a mis familiares, amigos y a mí. Era un silencio que uno intenta imponerle a la mente cuando las imágenes siguen golpeando por dentro: las lámparas moviéndose, el espejo temblando, los perros ladrando, los vecinos en la calle, la imposibilidad de llamar, la radio trayendo noticias que nadie quería escuchar.

Al despertar esa mañana, el cuerpo también contó su versión. Me dolían los hombros, los muslos, la espalda. Una sensación de agujas atravesaba mis músculos. Era el rastro físico del estrés, del cortisol, de la adrenalina, era el miedo contenido. A veces pensamos que una crisis termina cuando cesa el movimiento de la tierra. No es así.

Las primeras semanas después del desastre, Venezuela siguió en una especie de vigilia. Las réplicas, los balances parciales, las búsquedas, las donaciones, los centros de acopio y los mensajes de emergencia fueron componiendo un país en estado de alerta. En San Bernardino, como en tantas comunidades, tratamos de ordenar lo que se podía ordenar: revisar servicios, contactar proveedores de internet, gestionar el tema del agua, solicitar la presencia de inspecciones oficiales, acompañar a adultos mayores, pedir y transmitir calma, insistir en utilizar fuentes confiables. Nada de eso repara una tragedia, pero ayuda a que la tragedia no nos encuentre dispersos.

Hay una diferencia profunda entre informar desde lejos e informar desde el cuerpo presente. Desde lejos, el periodista ve cifras, fuentes, mapas, magnitudes, balances. Todo eso es indispensable, pero desde el cuerpo presente, la información tiene temperatura. Tiene sonido de ventana golpeando y olor a calle fría. Tiene el peso de dos perros en los brazos y el rostro de una vecina que teme que su edificio repita una vieja tragedia caraqueña. Tiene la impotencia de un teléfono sin señal y la dignidad de un rescatista agotado que sigue trabajando y que es interrumpido para recibir “una sopita” de una señora mayor que se la trajo para que se recuperara y pudiera seguir ayudando. Tiene la voz de alguien que, aun con miedo, pregunta ¿cómo puedo ayudar?

LA TIERRA NOS DEMOSTRÓ QUE NO CONTROLAMOS CASI NADA

A un mes de la tragedia, las noticias hablan de las consecuencias de los terremotos: 5.398 fallecidos, 16.740 heridos, 29.460 desaparecidos y 23.587 personas damnificadas; estimaciones de casi 20 mil millones de dólares en daños y una crisis humanitaria persistente.

Es lógico entender que esta crónica no busca competir con la noticia urgente, por el contrario intenta contar qué se movió dentro de nosotros. En los peores momentos de crisis, las confrontaciones personales pasan a un segundo lugar y se abre paso una solidaridad antigua, casi biológica. Nos volvemos gregarios porque recordamos que la supervivencia nunca fue un acto solitario. Frente al terremoto de 2026, San Bernardino no fue solo una urbanización afectada: fue una comunidad obligada a reconocerse.

Caracas, La Guaira, Yaracuy, y los otros como Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón no fueron solo estados golpeados: son una red de manos, voces, radios, escaleras, grupos de WhatsApp, perros rescatistas, estudiantes, vecinos, voluntarios y silencios en un entorno de destrucción y tristeza.

No sé todavía cuánto tiempo necesitaremos para reconstruir lo físico. Sé que será largo. Pero también sé que el aprendizaje de solidaridad que nos deja esta adversidad, puede hacernos más grandes y fuertes para la reconstrucción moral de nuestro país.

La tierra nos mostró una realidad brutal. Pero también nos recordó algo menos evidente y más luminoso: cuando el piso falla, lo único verdaderamente firme puede ser la mano de otro, la certeza de que seguimos siendo habitantes, incluso cuando todo tiembla. Y esa mano aparece, en medio del miedo, sosteniéndonos cuando la tierra deja de hacerlo.

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